The final Frontier


THE FINAL FRONTIER

“We stand at the edge of a New Frontier, the Frontier of unfulfilled hopes and dreams. It will deal with unsolved problems of peace unconquered pockets of ignorance and prejudice. Unanswered question of poverty and surplus…” John F Kennedy

Históricamente la expresión “The Final Frontier” fue adoptada del francés por los anglosajones para definir la expansión de los asentamientos de los inmigrantes europeos en los Estados Unidos y en Canadá hasta el final del siglo XIX.  Así se hablaba de la línea que separaba lo que se consideraba “civilización” de los territorios “salvajes”todavía por conquistar. Con el tiempo y el uso la idea de frontera dejo de ser física para convertirse en cultural. Así la barrera entre los dos mundos pronto acabó relacionándose con la idea de Progreso. Un concepto muy amplio que englobaba tanto las nuevas invenciones tecnológica e industriales como aquella filantropía burguesa, tan característica de Occidente, que pretendía irradiar “razón”, valores y moralinas a los cuatro polos del globo. Es decir, sintonizaba con aquel optimismo decimonónico que aseguraba poder conseguir un control racional del destino de los hombres, los seres, las cosas y las fuerzas naturales… Muchos años más tarde, cuando se perdió la inocencia y Occidente trataba de recuperarse de la segunda guerra mundial, la nueva frontera pasó a formar parte del ideario consumista y la sociedad del bienestar sumado al entusiasmo internacional (con sus más y sus menos…) por la democracia y los valores que acompañan a documentos oficiales como las constituciones o los derechos humanos.

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Hoy este optimismo sin embargo, suele ir acompañado de ironía y parece más demagógico y populista que real.

Así, en mi trabajo, exploro dos ideas conectadas. Primero, el progreso (aunque no se sepa bien hacia donde…) sus contradicciones obvias, y segundo, la frontera  que delimita su avance dividiendo el territorio en dos: uno enmarcado en “ lo salvaje”, “lo crudo” (mención obligada a Levi Strauss…) o lo “virgen”, tradicionalmente vinculado con aquel paraíso perdido donde nuestro buen salvaje vivía en idílica y alegre ingenuidad. Y otro que podríamos definirlo como lo “cocido”, arti-ficial, tecno-lógico o simplemente para resumir aquello que llamamos civil-izado que es donde nos encontramos y desde donde tratamos de imaginar el primero.

Para su representación busqué  las  conexiones simbólicas entre ciudad, arquitectura y el proceso colonizador del territorio. Y me topé con una paulatina estandarización arquitectónica y un horizonte cada vez más difícil de imaginar sin las siluetas de hormigón. Ciudades nocturnas en constante movimiento y transformación preñadas de infinitos puntos de luz anunciando a todo color los logros de la inteligencia racional: en otras palabras, pregonando a voces el triunfo de la civilización y el orden frente al caos de la selva que ha conseguido construir un ecosistema artificial al margen del natural. Símbolos admirables de ingenio y poder, sin duda, pero también de la pérdida de la escala humana en la relaciones o del sentido de comunidad.

Un espacio, el nuestro, desde el que se añora (y la publicidad es buen síntoma de ello) lo Natural, lo tradicional, lo “de toda la vida”, lo auténtico, como si hubiéramos dejado de serlo  o bien ese pasado anterior al chip y la electricidad tan bien reconstruido en los cascos viejos turísticos o en los parques temáticos a imagen de cualquier película taquillera de época de la factoría Hollywood. Y al mismo tiempo se reafirma desde los medios, y aquí llegamos a la contradicción, la confianza en algo así como la bienaventuranza científica o la panacea fuente de felicidad (sinónimo de comodidad) que tan bien nos pintan la publicidad o los medios. Me refiero al paraíso del liberalismo económico y tecnológico y sus promesas como la eterna juventud (aunque quirúrjica), o el ocio como “modus vivendi”  (solo para abonados claro).

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En medio de dilema se situa el individuo. El protagonista, al fin y al cabo de mi narrativa visual. Como aquel monje mirando al mar de Caspar David Friedrich, que proyecta su condición individual y subjetiva en la inmensidad del paisaje. Empequeñecido por “la realidad” detiene unos instantes el tiempo y observa hacia donde van sus deseos y hacia donde apunta el futuro: el suyo y el de los demás. De esta forma “ The final frontier”es una reconstrucción poética de ésta interrogación repetida una y otra vez en algún momento de cada individuo. Cargados con la compra del día nos detenemos unos instantes a descansar, respiramos hondo en el balcón entre el placer y el vértigo de lo que vemos, esperando al autobús y de pronto todo se detiene… son clichés de escenarios comunes de cualquier ciudad con los que trato de  abocetar en último término hacia donde vamos…

“the Final Frontier” siempre será un proyecto siempre inacabado. Con él,  no pretendo continuar la vieja y romántica dicotomía naturaleza prístina, añorada y pura frente a la ciudad fría, corrupta e impersonal.  No creo en ella. Sino presentar distintas visiones urbanas de distintas ciudades para sugerir que todas son parte de la misma (siguiendo la idea de la aldea global) pues ya no hay territorio salvaje por conquistar. Son neuronas conectadas entre si formando un gran sistema nerviosos en el que estamos metidos. Un reto, en última instancia, para cualquier individuo como lo han sido siempre… en su búsqueda de felicidad y realización personal… pero también al mismo tiempo para el conjunto social anónimo, creador y receptor de su propia aceleración.

Víctor Luengo